CARTAS y NOTAS
  
La salsa de la vida
por Guillermo Rose
(2002)
www.torontohispano.com
(reproducido con autorizaión)
Willy RosePor nuestras propias pistolas

Acabamos de cumplir veintinueve años de casados y me he puesto a recordar no solamente los momentos en que nos conocimos, en que nos enamoramos, en que nos casamos, la venida de los hijos, cómo de bebes han crecido hasta convertirse en jóvenes inteligentes, guapos, llenos de ilusiones y esperanza en el futuro, en medio de una situación mundial tensa, con renovadas posibilidades de una guerra que cada vez parece tener más catastróficas consecuencias, de una situación local en la que es difícil conseguir trabajo y preservarlo está fuera de nuestro control.  Pienso que personalmente ya pasé por toda esa incertidumbre durante la cual no sabía si algún día tendría un sueldo suficientemente decente como para podernos casar, cuando no sabía si, luego de haber estado muy enfermo, podría recuperarme para volver a estudiar, cómo luego de terminar mi educación en administración de empresas, los tres parientes y amigos que le habían ofrecido a mis padres que “En cuanto termine su carrera el Willy que me venga a buscar que algo le puedo conseguir en mi empresa”, hicieron mutis y fue imposible que fueran habidos para ver si aunque sea trataban de cumplir su palabra.

La suerte, pues, que la vida no fue tan mala después de todo y, por mis propias pistolas vino el trabajo, miserable, pero trabajo al fin, que me dio la primera experiencia en el ámbito laboral peruano, donde en esa época, sin padrino estabas más cagado que palo de gallinero.  Luego, el Banco Popular, programación, gerencia de proyectos, Canadá y acá estamos, treinta y un años de seguir chambeando para parar la olla y sin poder terminar de pagar la rejodida hipoteca de la casa que en lugar de bajar crece, “cual crece esta lejanía”, que así dice el final de mi poema “Se olvidaron de decirme”.

Arreglando el sótano, otra de esas interminables tareas que estoy seguro terminaré desde ultratumba porque en esta vida no voy a terminar nunca, encontré unos cuantos objetos en una bolsa de plástico blanca con una etiqueta que decía simplemente “Willy”, como si en esa bolsita se encontraran todas y cada una de las cosas que componen mi existencia.

Lo primero que encontré es una foto, tomada en 1963, en una de las muchas escaleras de cemento que llevan de las canchas de fulbito y básquetbol a uno de los patios del Colegio San Agustín.  En esa foto estamos veintinueve, los he contado, alumnos de quinto de secundaria C, mirando al fotógrafo con una seriedad que me hace pensar que o hacía mucho frío y estábamos apurados, o considerábamos estar pasando por un momento de incertidumbre de la repipeta, a los dieciséis, diecisiete, sin ser millonarios, con la presión que nuestros padres habían puesto en nosotros solamente por que sabíamos que se habían roto los lomos todas sus vidas con la ilusión de que sus hijos fueran, pues alguien, y nosotros que estábamos terminando ya el colegio no teníamos la más remota idea de qué es lo que queríamos o qué es lo que podíamos ser en nuestras vidas.

Han pasado casi cuarenta años de ese momento capturado en blanco y negro y con pocos me he mantenido en contacto, pero de los poquitos que el destino volvió a poner en mi camino, sé que cada uno de ellos se rompió también los lomos igual que sus padres lo hicieron, y cada uno de ellos, sin besarle el poto a nadie, sin rebajarse a nada en la vida, por sus propias pistolas encontró el mejor camino que pudo en esta vida de trabajo, de crianza de hijos, de tensiones que hemos tenido de chicos y que ahora llaman estrés, estoy seguro todos nos hemos pasado los siguientes treinta años luchándola lo mejor y lo más decentemente que hemos podido.

Sé que al que quería ser cura cuando estábamos en el colegio, se lo encontró otro amigo de la promoción en un burdel de mala muerte del Callao dos años después de haber terminado el colegio, “¡Gordo! Tú ¿qué haces acá?”, “Lo mismo que tú, pues, idiota”; sé que a “La mosca”, el único con sus infaltables anteojos oscuros en la fotografía, lo tuvimos por Montreal varios años, y le fue bien y está de regreso en Lima; “Chapana” creció hasta pasarnos a todos, me lo encontré hace muchos años de pura casualidad y me dijo que yo había tenido mucha suerte en no haber podido terminar la carrera de arquitecto como él, ya que él estaba chambeando en algún ministerio haciendo cualquier cosa menos arquitectura; del primero de la clase escuché que no terminó Medicina, lo cual me sorprendió ya que era ultra estudioso y ultra inteligente así que no sé que miércoles pasó; otro de los gorditos del salón, en esa época considerado un vago, llegó a ser gerente financiero de uno de los mejores bancos del Perú (surprise, surprise, el gordito rocanrolero); uno de los pintones del colegio tengo entendido que anda bien dentro del servicio diplomático, no sé si como abogado o qué; y uno de mis patas del alma, de quien siempre nos burlábamos de chico, terminó brillantemente su carrera de ingeniero industrial y le ha ido de la pitri mitri, claro hasta hace poco nomás en que le dieron su paquete y ahora anda pensando estudiar inglés por acá para mejorar sus chances de conseguir un contrato, a los cincuenta y cinco años de edad.

Esos son unos poquitos de mi clase de treinta y tantos alumnos.  No digo nada del resto de la promoción que pasaba de cien alumnos.  No sé nada de la mayoría, pero estoy dispuesto a apostar que, cada uno dentro de las posibilidades y de las opciones que le puso la vida en su cara, haya salido adelante, como corresponde a un buen agustino, sin tarjetita, sin pedir favor a nadie, por sus propias pistolas.

  

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