CARTAS y NOTAS
  
La salsa de la vida
por Guillermo Rose
(1993)
www.torontohispano.com
(reproducido con autorización)
Willy Rose
Un descubrimiento que le falta a la medicina moderna

El chequeo general consiste en ir donde un galeno (vulgo "doctor") para que éste determine el estado general de salud del paciente. Se llama "chequeo" ya que hay que pagar la cuenta con cheque y "general" porqué hay algo de militar en todo esto. La medicina ha progresado, nos dicen, notablemente en los últimos cincuenta años. Claro, ahorita hay transplantes de pulmón, de riñón, de corazón. Y ¿qué me dicen de los reimplantes? Cosa más grande de la vida, como decía el filósofo cubano Trespatines, que a los hombres nos vuelvan a colocar en su sitio cualquier parte o pieza importante del cuerpo que hayamos perdido por accidente o por -¡ayayayayayayyyy!- cercenamiento. Cercenar viene del latín "circenare" que quiere decir redondear. Y hay ciertas partes masculinas que uno no las quiere tener precisamente redondas. Pero, en fin, ese no es el punto. El punto es el chequeo general. Si la medicina ha avanzado tanto, yo me pregunto porque los médicos continúan con ciertas prácticas retrógradas.

Llega uno con su pomito con pila colectada esa misma mañana.

- Quítese toda la ropa, excepto el calzoncillo, y póngase esto que enseguida viene a verlo el doctor - nos dice la enfermera, entregándonos una batita verde ridícula que la primera vez todo el mundo se la pone al revés ya que la batita en cuestión desafía toda lógica. Lo de "enseguida" no es cierto ya que el ilustre facultativo se toma todo el tiempo que quiere mientras uno se congela con el trapo verde claro, que es como un mandil, el cual tiene un par de pitas que -increíble pero cierto- terminan en algún sitio cerca de la nuca, así que hacer uno mismo el nudo es prácticamente imposible.

- Señorita, señorita ¿me puedo quedar con las medias puestas, por favor? - digo pensando que el suelo debe estar recontra helado y si me quito las medias me va a dar un calambre en la planta de los pies.
- Bueno, pues. Si quiere... -dice bruscamente la ganadora del concurso "Miss Simpatía Médica". Pero ¿de dónde sacan estas carceleras, digo yo?

Además me pregunto, nos preguntamos todos ¿para que miércoles tiene que quedar la abertura de la bata en la espalda? ¡Exijo una explicación! Se pone uno la bata y si uno quiere caminar tiene que andar con la mano atrás en la espalda juntando la abertura para no lucir más ridículo, mientras esperamos la llegada de su eminencia el médico. Si esta gente fuera normal, la abertura debería estar adelante. Pero nop. La única conclusión es que esto lo hacen para que el paciente se sienta disminuido, en desventaja física y mental. No hay persona en el mundo, por muy poderosa que sea, que no se sienta reducida a su mínima expresión, cuando está vestido con una bata que tiene una abertura que comienza en la nuca y no termina nunca, y que está -quien sabe cómo - precariamente amarrada por un par de pititas a la altura del pescuezo.

- Buenas ¿cómo estamos? - nos dice el doctor, quien nos mira desde su pedestal con una sonrisa maquiavélica, producto de vernos vestidos tan ridículamente.

- Estamos bien, doctor - responde uno, intimidado.

- A ver. Quítese la bata y siéntese en la camilla - momento en el cual nos preguntamos el propósito de habernos hecho poner la bata en primer lugar si nos la íbamos a tener que quitar tan pronto. Psicológicamente estamos listos para la foto, totalmente resignados a cualquier ocurrencia que se le antoje al doctor, quien, bajándose de su pedestal, se nos acerca sonriente con el estetoscopio alrededor del cuello, de costadito, para un lado la redondela helada esa, por el otro los auriculares.

Antes se ponían el estetoscopio como hombres, pienso, a lo macho, con la redondela a la altura de la barriga y los auriculares alrededor del cuello. Ahora la moda médica, de lo más rosquetosqui, venida de Roma y París seguramente, obliga a los doctores a ponerse el estetoscopio como si fuera un pañuelito alrededor del cuello. El doctor comienza a pasear la medalla congelada esa por el pecho de uno, tratando de poner cara de que sabe algo que nosotros no sabemos, lo cual nos preocupa aún más. Luego viene el medallón, que todavía está frío, por la espalda.

- Diga treintaitrés - dice el doctor.
- Treintaitrés - repite uno idióticamente.
- De nuevo - dice él como si no hubiera oído la primera vez.
- ¡De nuevo! - repito yo con entusiasmo.
- No sea burrico ¡Diga treintaitrés de nuevo!
- ¡TREINTAITRÉS! - digo yo con gran fuerza para que vea que tengo los pulmones en buen estado.
- Respire normalmente. Inhale y exhale. Inhale y exhale. - lo cual contribuye a aumentar la tensión nerviosa, el estrés, ya que quién puede respirar normalmente, semi-calato en una camilla, mientras un individuo le pasa una redondela congelada por toda la espalda.
- Muy bien, muy bien. Ahora párese frente a mí - dice, mientras se sienta en un banquito, con su cabeza a la altura de la barriga de uno. Acto seguido el doctor ordena calzoncillos abajo.
- Tosa - dice él ¡mientras le agarra a uno los meros genitales!

Los avances de la ciencia son increíbles, pienso, mientras me tiene agarrado de ahí, y yo no tengo nada mejor que hacer que toser en esta posición por demás dolorosa y ridícula.

- ¡COF, COF! - toso con mucha fuerza, lo cual causa que inmediatamente el doctor me suelte una a una las partes privadas.
- Muy bien, muy bien. Vuelva a la camilla.

Me siento y observo con aprehensión que el doctor saca un guante de jebe muy delgado el que procede a ponerse con gran rapidez y que hace un horrible sonido cuando él termina de ponérselo, que chasquea -¡zás!- como un látigo al soltarlo sobre su brazo.

- Guillermo, debido a su edad, es hora que le haga un examen de la próstata. Échese sobre su lado izquierdo y relájese - escucho casi como si me hubieran leído mi sentencia de muerte.

Señoras y señores, no me van a creer, pero pese a que hoy en día la medicina permite saber el sexo de los bebes antes de nacer, que a la gente le sacan las piedras de la vesícula y la vesícula misma a través de tres pequeñas incisiones sin bisturí, ahora que le pueden ver a uno el cerebro a colores, que los marcapasos regulan los latidos del corazón como nada, que a la gente le arreglan no solo la nariz si no cualquier otra parte de la anatomía, hoy que existe una pastilla para la depresión que produce orgasmos al bostezar, hoy en día parece mentira, digo, es un decir, que el método utilizado por los médicos para examinarle a los varones la próstata sea tan pre-histórico y antidiluviano.

- HEY, HEY, HEY DOCTOR ¿QUÉ LE PASA? ¿QUÉ FUE ESOOOOO? - protesto indignado ante tan artero golpe bajo.
- Sabe que parece que su próstata está bien, pero no estoy seguro - contesta él desgraciado éste, imperturbable.
- ¡Ajá! Y ¿qué sugiere el doctor? - pregunto mientras me imagino apretándole el pescuezo.
- Creo que debería buscarse un segundo dedo, perdón, una segunda opinión.

Me retiro indignado del consultorio, pensando en volver dentro de unos diez años, más o menos, una vez que la fabulosa ciencia médica haya descubierto una manera más civilizada de examen prostático.

  

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