CARTAS
  

¡QUERIDOS COMPAÑEROS EX ALUMNOS AGUSTINOS!
por Guillermo Rose (2001)
www.torontohispano.com
(reproducido con autorización)
Willy Rose     El miércoles 10 de octubre (2001) recibí un mensaje vía Internet de mi amigo Manuel Rodríguez, a quien conocí hace un chupo de años en el Banco Popular del Perú, institución financiera que ahora brilla por su ausencia y en la cual Manuel, otros grandes amigos más y el suscrito, trabajamos en departamento de sistemas en condición de programadores, analistas-programadores y casi jefes de proyecto. Mi amistad con Manuel se incrementó en un doscientos por ciento el día que nos enteramos que ambos éramos ex - alumnos agustinos. Terminé en el 63, parte de la promoción Juan Manuel Cuenca, mientras Manuel, un chiquillo él, había terminado el año siguiente.  No tenemos pues, los mismos compañeros de promoción, pero si tuvimos casi los mismos profesores.

Creo que la nuestra fue una de las últimas promociones tradicionales, tranquilas, obedientes, monguíviris si se me permite.  La promoción siguiente, la de Manuel, fue más rebelde, más chúcara, quien sabe más fumona.

Han pasado más de treinta y siete años desde que salí del colegio y, solo la semana pasada escribía algo relaciona con el colegio. Decía que recordaba que Pitágoras, que no tenía nada que hacer en este mundo que huevear con triángulos rectángulos, había llegado a la conclusión irrefutable que “a” al cuadrado es igual a “b” al cuadrado más “c” al cuadrado; que la hipotenusa es igual - quien podría dudarlo - a la suma de los cuadrados de los otros dos lados.  Lamentablemente, treinta y siete años más tarde, no encuentro aún la aplicación práctica del rejodido Teorema de Pitágoras, excepto, que me sirve para escribir parte de mis artículos humorísticos siete mil kilómetros al norte y treinta y siete años después de Lima.

Pero hay muchos otros recuerdos de la vida en el San Agustín.  Mis “patas” de chiquillos: Lucho Urbina y Lucho Zacarías, con quien compartimos billar y fútbol hasta el cansancio.  Dos amigos perfectos, excepto por Lucho Urbina quien tiene el defecto de ser del Alianza Lima.  Además, cuando jugaba fulbito, repartía unas patadas que parecían cuchillas a diestra y siniestra, ganándose el cariñoso apodo de “El Hacha”.  Aparte de eso es un amigo perfecto.  Hasta ahora nos comunicamos, compartimos fotos y hablamos de nuestros hijos.

Entré al colegio en el 55, segundo de primaria, cuando recién se inauguraba el gran colegio de Javier Prado, pasando de su antiguo local del centro a las “afueras” de Lima.  Pasaba el tranvía por el Paseo de la República y el “Tucán” todavía no había construido el zanjón.

Viviendo toda mi vida limeña en Jesús María, de chico iba en unos de los ómnibus de la moderna flota con que contaba el colegio. Mi ómnibus era el número cinco.  El cinco era nuevo y su chofer, el cholo Tasayco, era el encargo de trasladar a las aguerridas huestes agustinas todos los días.  Los viajes en ómnibus eran matizados racionalmente de tres maneras:

1. Con las cachetadas que le tiraban en la nuca a los “puntos” del ómnibus, quienes desesperados optaban por tirarse encima cualquier cantidad de gomina y aceite en el pelo.

2. Apretándoles fuertemente las castañas a los que recién ingresaban al colegio, al mismo tiempo que se les exigía que silbaran para poderlos soltar.

3. Con las carreras entre nuestro ómnibus y el del colegio La Salle - siempre odie a los de La Salle, hasta ahora sin saber por qué - en Plena Javier Prado.  Durante éstas carreras, según recuerdo, competíamos a gran velocidad, abriendo las ventanas en momentos precisos para poder tirarles “pollos” a los de La Salle, que bien merecidos se los tenían por tener un uniforme tan horrible, color medio granate, creo, mientras que nosotros, en el paroxismo del momento, gritábamos a todo pulmón:  ¡Tasayco, Tasayco! ¡Tasayco, TASAYCO !

Si llegábamos primeros al semáforo de la Arenales, que era la meta, los gritos de “Tasayco, Tasayco”, no paraban hasta entrar al colegio, momentos en que nos callábamos para que los santos sacerdotes agustinos no se enteraran de la emoción del rutinario traslado al colegio.  Si perdíamos, y creo que eso ocurrió solamente una vez, entonces el grito de aliento a nuestro chofer cambiaba a un grito de escarnio, que salía natural, sin ensayo de nuestras gargantas:   ¡Huevo para Tasayco! ... ¡ Huevo para Tasayco! ... ¡HUEVO PARA TASAYCO!

Recuerdo también los muchísimos partidos que libramos en el patio gracias a que alguien traía una pelota de trapo, a falta de la cual nos conseguíamos alguna chapita con lodo seco.  Fue durante uno de esos gloriosos partidos en que Velarde Andrade (también conocido como “Chapana”) perdió los dientes delanteros, jugando valerosamente de arquero. Los dientes se los partió por la mitad y empotro en los labios inferiores, convirtiéndose desde la Primaria en el primero de la promoción en tener dentadura postiza.  Tito Velarde era el menor o uno de los menores de la promoción, por lo que era mas chaparrín y medio cuadrado, motivo por el cual se le endilgó el apelativo de “Chapana”, el cual se reivindicó años más tarde al crecer a su tamaño natural.

De entre los primeros recuerdos cariñosos que me viene a la cabeza está el de varios profesores como el profesor Zapata, el loco Andrade, el profesor Alvarado.  Recuerdo que los batíamos de alma, cuando en abril aparecía algunos de ellos con terno nuevo.

Entre los curas recuerdo algunos.

A “Versalitas” que nos enseñaba Castellano.  Todo con él era conciso y preciso.

Al cura Canseco:  ... "la célula, señoriíto,  ... ¡ y no lo vuelvo a repetir! ...

Al loco Barruecos:  A ver Silvio, Sanabria y Risco ... ¡un ladrillo cada uno!

Y ellos que se apuntaban con su respectivo solcito, hasta el día en que el "marciano" Rossel - ¿o fue el mismo Risco? - ¡ llevó un ladrillo de verdad!, el cual fue aceptado impertérrito por el padre Barruecos, quien nos decía siempre que el castigo había que pagarlo con ladrillos para la piscina.

Al padre Avencio, el que se mataba explicando geografía del Perú.

Al padre Cuenca que nos enseñaba matemáticas y de pasada tiraba unas cachetadas de antología.

Inolvidables son para mí todos - o casi todos - los sermones del padre Lucio.  No recuerdo en todos estos años por el mundo, alguien que tuviera mejores dotes de orador, más inteligencia y emoción que él.  ¡Ay de nosotros nomás si estaba molesto!,  pero en general sus sermones eran obras maestras.  Cuando escribí hace unos años un poema a las mejores cosas que tenía Lima, junto a los a los helados pibes de los cincuentas y al ceviche, “un sermón del padre Lucio”.

Entre los recuerdos ominosos, está aquella vez en que la promoción invito a Ricardo Tosso “Mipayachi” a la kermés del colegio en el año 63.  Cuando Mipayachi llegó al colegio, totalmente vestido de payaso y cargado de caramelos Ambrosoli para repartir entre los angelitos a diestra y siniestra, no sabemos cómo así, pero un grupo de chiquitos que no le tenían simpatía no se le ocurrió otra cosa que agarrarlo a pedradas, con caramelos Ambrosoli y todo, saliendo éste del colegio por la puerta grande, fastidiado y a gran velocidad.  Una delegación de la magna directiva de la promoción tuvo que acercarse la semana siguiente, al domicilio del amigo Tosso para disculparse por lo ocurrido.

A “la mosca “ Rivero lo localicé en Montreal hace años y nos carteamos durante un tiempo.

He visto a muy pocos compañeros del colegio, después de salir, pero las vivencias que tuvimos juntos de chicos, han sido tan importantes en nuestras vidas que cada ves que veo a alguno siento una profunda emoción.

Hace un año, acá en Toronto, no podían creer mis ojos cuando por televisión pude ver una telenovela peruana llamada “Escándalo”, en la que, en medio de varios lomos de marca mayor, se podía distinguir con claridad la conformación encéfalo-craneana de Jaime Lértora.  Una gran emoción.  No me perdí un solo capítulo de la novela y él me pareció un gran actor.

En el 93 obtuve el primer premio en el concurso de cuentos de Caretas y recuerdo haber pensado que todo lo que puedo escribir en nuestro idioma se lo debo a la enseñanzas del San Agustín, ya que jamás tuve algún otro curso de Letras, de Literatura, periodismo o afines en ningún sitio.

Cuando mi madre me llevó al colegio para entrar en segundo de primaria, el padre Macías, entre otras cosas, le preguntó:

- ¿Sabe inglés el niño?
- Sí - dijo mi madre - acaba de terminar primero de primaria en el colegio San Andrés.
- Bueno - sonrió Macías, indulgente, - acá se va olvidar del inglés que sabe, pero le garantizo que va a aprender el mejor castellano de todo el Perú.   Tenía razón ...

Demasiados son los recuerdos para poderlos poner en esta nota.  Lamentablemente vivo muy lejos de Lima, en Toronto, Canadá. Por eso no puedo darles un abrazo ni a mis compañeros de colegio, ni a mis profesores, ni a los padres agustinos que me educaron, pero siempre los recuerdos a todos.

Y, aunque el teorema de Pitágoras sea una trivialidad clásica, pienso que fue solo parte de la suerte que tuve en cuanto a experiencia educativa y de formación social que fue - siempre la ESE siempre la A -  el gran colegio San Agustín.

Un abrazo para todos,

Willy Rose

Si desean escribirme, lo pueden hacer por e-mail a canuvian@sympatico.ca.

  

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