CARTAS y NOTAS
  

Crónica Agustiniana:
Los Inicios de Uno de la Promoción LVII

Por Enrique Nolte

Mi mujer no cree, ni mis hijos tampoco, que algunos recuerdos de los tiempos de mis inicios escolares, fueron experiencias verdaderas y no fantasías.  Por ejemplo, que alcancé a utilizar la pluma que se compraba en las bodegas como hojas de afeitar, las cuales había que quemar previamente en la punta antes de insertarlas en un mango de madera.  Había que sumergirlas cada diez palabras, en tinteros (azul y rojo) instalados en huecos ad hoc que tenían las carpetas. Por supuesto, todo era una manchadera fenomenal, especialmente de los dedos. Por eso había que utilizar el papel secante, que era parte infaltable del equipamiento personal. Después surgió el lapicero “fuente”, con pichina recargable y no menos mugroso, aunque fueran “Esterbook” o como rayos fuera la forma de escribir aquella famosa marca.

Cuando apareció el “lapicero de tinta seca” se sintió como una gran revolución tecnológica. Después los llamaron más educadamente, “bolígrafos” por la casi invisible y mágica bolita que provocaba el descenso de esa mazamorra que a veces, con el calor del pecho (o del ala), se licuaba, se filtraba y terminaba jorobando el saco, la camisa y hasta los calzoncillos.

No existía el plástico, ni mucho menos la televisión. Las Radios “La Crónica” y “Nacional” copaban las sintonías, con programas en vivo y con historias infantiles como “Tamakun, el Vengador Errante” o de misterio como “Poncho Negro”. Gobernaba Odría, pero eso no me importaba un pepino. Las mujeres no tenían derecho a votar; había carbonerías distribuidas por toda Lima, para las cocinas, las planchas, las panaderías y otros fines; ya estábamos terminando con los algarrobos piuranos. Lima tenía setecientos mil habitantes y el Perú siete millones. Los tranvías con sus conductores de pie, cruzaban la ciudad y la vinculaban con El Callao, Chorrillos y San Miguel; había pasaje obrero (antes de las 7 am) y los carros “colectivos” eran el transporte principal. No existía la Av. La Marina y la Javier Prado llegaba hasta el colegio “nuevo”, por cuyo costado todavía llegue a ver el trencito a Lurín.

Mi papá, que es el ser más agustiniano que he conocido (solo superado por San Agustín), nos llevaba desde chiquitos al colegio de su vida, que quedaba a la vuelta de la que fue su casa y era entonces la de mi abuela y tías; a la vuelta de la Bomba Internacional N° 7 y a la vuelta del Banco Wiese, donde entonces trabajaba. Todo estaba muy cerca en el centro de Lima, cuyos tañidos de antiguos campanarios hasta ahora recuerdo con nostalgia y una sensación de misterio. Era mágico que a las seis de la tarde todo el centro se inundase de esos sonidos profundos y largos, provenientes de veinte o más templos a la vez.

Cuando todavía estaba en Pauliche, en el verano del ’53 (en que yo cumplía 6 años recién en agosto), con la idea de iniciar el colegio junto con mi hermano, me llevó el viejo a consultar sobre mi posible matricula. Nos atendió el P. Barrio, que era el Secretario. Me preguntó si sabia leer y le dije que sí. Me examinó con un ejemplar de “Selecciones”, con letra bien chiquita; se quedó pensativo y dijo, “mejor que espere un año más”. Fue uno de los colerones más fuertes que recuerdo de mi niñez. Entonces mi hermano comenzó su vida agustiniana y yo tuve que volver al “jardín”. Pero ni siquiera al mismo en que enseñaba la Señorita Elvira, una flaquita a quien yo veía siempre hermosa; tuve que ir a otro, donde enseñaban unas veteranas que deben haber sido primas o tías del Señor de Sipán.

Un año tuve que pasar asado por ir al San Agustín, al que ya pertenecía, desde antes de 1954, por causa de un partidazo de básquetbol en el que sonamos a La Salle en su propia cancha de la Av. Arica. Jugaban el Chato Cantuarias, Artadi, Padilla... nombres que jamás olvido, porque no podía tener mayores ídolos en ese momento. Fue tan emocionante el triunfo, que volví a mi casa sin voz, de tanto desgañitarme, imitando a mi papá y a mi hermano. En realidad, al principio no sabia de que se trataba, pero las emociones de mis paradigmas me avasallaron. El triunfo mereció que nos fuéramos en procesión desde ese campo de batalla deportiva (y muy deportiva, sin esas violencias estúpidas de las barras contemporáneas de aquí y de allá). Fuimos cantando, saltando, tocando trompetas, tambores y bombos, hasta el local del Jirón Ica, a donde llegamos ya de noche...

Así se inicio mi pertenencia al colegio. O, tal vez, el colegio se había apoderado de mí.

Al iniciar el primer año de primaria, todavía en el centro de Lima, yo ya me conocía a casi toda la planta sacerdotal y administrativa; hasta a la tenebrosa Estatua de la Muerte, famosa obra de Baltasar Gavilán que estaba al ingreso de la Sacristía. También conocía al P. Barrio (grrrrr), a los hermanos OSA Adolfo (gran amigo de mi padre), Robla (el querido, grandazo y colorado Rabanón) y el flaquito Pascual, el Procurador; a los padres Tuesta, Rueda, Masias, Baudilio, Lucio... Incluso visitábamos de vez en cuando, en su propia celda, en su ancianidad y ya en los últimos días de su vida terrena, a Monseñor García, obispo de Iquitos y antiguo profesor del San Agustín. También conocía al Señor Urbina, gran persona y chofer el Ómnibus “El Tres”, que luego paso a manejar “El Seis” nuevo y con olor a pintura, que hacia la ruta por Magdalena. El P. Bernardino era el que nos hacia formar a la salida, haciendo oraciones que en realidad eran un canturreo de Padrenuestros, Avemarías y Salves, por mas que el se empeñaba en hacernos recitar despacio y sin musiquita.

Del primer día de clase, lo que más recuerdo es el chongazo que se armó porque Paco La Rosa, el menor de todos - creo que tenia 5 años en ese entonces - saltaba como un felino, gritando con siete pulmones para que le abran la puerta y no quedarse en ese sitio tan extraño y grandazo. El profesor Chávez, cajamarquino, bisoño y enternado, no podía parar los gatunos saltos de Paco, que estaba en un estado de paroxismo asombroso. A los pocos días tuve una gran desilusión, por una jalada de patilla que jamás había experimentado y que motivo una queja mayúscula, que llegó hasta la Dirección.

Hasta ahora me acuerdo como empezaba la lista: Aransaenz, Ardiles, Arteta, Canseco, ...

El patio era una maravilla. Tenía una gran pila de bronce rodeada de jardines, pero en una zona que nos estaba vedada. Me molestaba y no podía comprender como era posible que cuando iba con mi papá, podía entrar a todas partes y ahora que ya estaba en el colegio, que ya era “de adentro”, ya habían surgido sitios prohibidos. Los ladrillos con que estaba hecha una parte de los pisos, gastados y con algunos huecos, eran una delicia para jugar bolitas (canicas) y cartones (las tapas de la leche, que recién se empezaba a vender en botellas).

Fue el primer y último año en que usamos terno azul y zapatos negros. Un primero de primaria que cerraba mi niñez con broche de tradición y de futuro. Un año en que cada día comenzaba con “Suplicámoste Señor que prevengas con tus inspiraciones, nuestras acciones y en el curso de ellas nos ayudes con tus Gracias a fin de que todas nuestras palabras y obras por Ti comiencen, por Ti acaben, Amén”; y terminaban con: “Gracias te damos Señor, por todos los beneficios que hemos recibido; que vivas y reines, por los siglos de los siglos, Amén”.

  

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